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martes, 22 de enero de 2013

Memoria RAM 1-Parte 6: EL MANTO DE PROFECÍA Y LA CARNE DE MIS BUEYES -Carlos Torres Valencia – EL MANTO DE PROFECÍA


Entonces, el Manto cubrió mi cabeza y cuerpo, quebró en pedazos mi corazón, para revivirlo en el futuro aún desconocido; y allí, entre lágrimas, y visiones del presente, que es hoy, mientras doy de comer, éste Saber al Reformador del Pensamiento, sentí desmoronarse, el mundo anterior, y crear el presente, donde hablo, por éstas, letras escritas, por el “cincel rutilante” para los que intentan conocer la Justicia Eterna… Solté mi arado, acaricie mis bueyes y tomé el Manto:

lo aferré con la fuerza del arado como nunca había aferrado antes el arado y me levanté ante el Profeta y dije: permíteme besar a mi padre y a mi madre y estaré preparado para seguirte…

Sólo había ido por mí y por quienes desde ese momento crecieron en espíritu conmigo. Todo lo comprendí.

Sentí que jamás regresaría por esos lugares y encarnaciones. Al fin puede entender algunas de las enseñanzas, que los rabinos recalcitrantes, no pudieron responder a mi espíritu, sediento de Saber.

Había encontrado el camino para la llegada del Mesías que le llamaban Señor, y que yo esperaba, en preguntas y ruegos, mirando las estrellas, al nacimiento, y poniente del Sol,

o la mano de los enfermos desamparados, que el Lamud, mandaba matar, para no ser estorbo del pueblo y de Dios.

En este instante, mientras soltaba el arado y tomaba el Manto, mirándome a lo profundo de mi corazón dijo: “Ve, y vuelve, éste es tu camino”.

LA CARNE DE MIS BUEYES

Regresé prontamente, y con mis manos y estilete, sacrifiqué primero a “pleyón” luego a “gran ave”.

Prendí fuego a la madera de mi arado y con la demás, traída por las gentes y mis aradores, cocí la carne de mis bueyes, mientras mis pensamientos en tormentas de palabras renacían a otra carne…

la di a comer al pueblo allí reunido. Todos comieron esa tarde, noche y amanecer. Limpié el cuero de mis dos bueyes; de “gran ave”, por ser el símbolo de la fuerza de la tierra, en él dibujé el límite de mi herencia.

Corté en trece pedazos el cuero y repartí la tierra entre mis doce aradores, según cada forma del plano. El número trece, lo guardé para mi padre y madre ya viejos.

Escribí sobre el cuero de “pleyón” y con la mano de cada uno de mis doce sucesores, el juramento de sangre de todos los herederos de mi tierra.

Ninguno de ellos poseería mi heredad que entregué, hasta que mis días y mis ojos se apagaren, porque yo, con la yunta trece, el pedazo de mi padre, guiaría la vida de los que atrás quedaron; tendrían alimento.

Cada uno de mis herederos daría una porción del producto para el sustento de mis padres, hasta que volvieran a la tierra.

Me levanté y fui tras el Profeta que retomó su rumbo mientras decía… “Mi nombre es vida, pues por mí, vosotros encontraréis la inmortalidad desde la fuente en que se inició”.

Ahora, tenía mis manos, sobre el otro arado, era el manto de una verdad nueva; me preparaba para arar la tierra del espíritu del hombre.

Con mayor fuerza tomé el Manto, el arado del Preparador del Camino y tal como lo sentí en el impulso, no me había equivocado en el sentir de mi corazón:

fue necesario sacrificar mis bueyes, ya no pertenecía a ese lugar; ya nadie cuidaría de mis robustos animales, ya ninguna persona los amaría como yo, porque crecieron junto a mí y yo mismo los amansé, les enseñé los caminos y las palabras del arado.

Fue esencial; mis padres ya viejos, dependían de la fuerza del arado, ahora ya tenía otro arado y este me daría y les daría la vida que siempre esperé:

LA INMORTALIDAD…

Mi Espíritu con el Manto; ahora que toma el Arado final… caminamos días y noches, alejándonos del bullicio, algunos intentaron seguir nuestros pasos.

El desierto se abrió imponente e implacable, los más cobardes desertaron. Fue una marcha lenta y cada paso del profeta era seguro, porque me enseñaba el camino.

Nuestras huellas llegaron hasta el Monte Horeb, todos decían que era la montaña de Dios, yo también, en mi inocencia, lo creía.

Durante días, meses y años cruzamos los grandes desiertos, desde Damasco al Monte Hebron, nos alejamos hacia la tierra de los Moabitas, días interminables fuera y alejados del reino de Acab, hasta llegar a Hazerot,

donde cercana se levantaba atrayente y temerosa la montaña del odio, el Sinaí: allí estaba el Horeb.

Mi trabajo fue servir al Profeta, como asiste el pastor a las ovejas y el arador a la tierra; aprender en esos años de sus palabras, que repartía como pan de vida y palabra viva en los lugares donde llegábamos:

yo le escuché en todo lugar y consejo. Insistió ante las gentes que era el Predicador, el Preparador del camino del Señor, y siempre repitió;

“Yo soy Amor, y Amor es mi nombre” mientras habló, siguiendo las palabras, con las cuales, arrojó su Manto sobre mí…

“Aunque el hombre engendrare cien hijos, y viviere muchos años, y los días de su edad fueren numerosos;

si su alma no se sació del bien, para él creció su sepultura. Porque el hombre vano viene y a las tinieblas va, y con tinieblas su nombre es cubierto, aunque aquel viviere mil años dos veces.

Éste no es sabio, es más que un necio. ¿Quién sabe cuál es el bien del hombre en la vida, todos los días de la vida?

Porque ¿quién enseñará al hombre qué será después de él debajo del sol?” Mi Espíritu con el Manto…

y con sus palabras, buscaba hombres que desde diferentes lugares de las rocas y arenas salían temerosos, escondidos, como animales de presa;

surgían al oír, las poderosas palabras, y se encontraban con ellos mismos; con su espíritu…

“Mejor es la obra buena que el mejor ungüento; y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento.

El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría.

La risa del necio es como el estrépito de los espinos debajo de la olla. Mejor es el sufrido de espíritu, que el altivo de espíritu.

No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios.

La ciencia con herencia, es provechosa para los que ven el sol; pero más, la sabiduría que excede y da vida a sus poseedores.

Mira la obra del Señor; porque, ¿quién podrá enderezar lo que en tu razón crees, él torció?

La adversidad que consideras es el aprender de los injustos, porque hay impíos que por su maldad alargan sus días.

La sabiduría fortalece al sabio, porque no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque; porque el corazón del siervo se prueba en sabiduría, cuando es sabio.

Si el corazón examina e inquiere sabiduría, la razón conoce la maldad, la insensatez y el desvarío del error.

Y el que agrada al Señor, escapará de ello; mas el pecador, quedará preso, en el anzuelo del tiempo.

El Señor hizo al hombre recto, pero muchos, han buscado perversiones, y esa es su cárcel, y Sheol”.

Posteado por Oliver Mora.

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